jueves, 2 de julio de 2009

Tenia 22 años...


Siento que las cosas se me pasan por las manos, como un jarrito de café caliente que lo único que debo hacer es tomarlo por el borde y sorber su contenido de a poco. Un pucho prendido que se consume a cada exhalo...
Me siento tan vacío.
El reloj te corre a cada centímetro, te marca cada una de las prioridades que desconozco y así va, desarmando cada rincón de este espacio abarcativo que no logro comprender, y me encierra como cual laberinto supe ver creyendo que nunca me iba a tocar.
Y acá estoy, perdido en la nada, sentado quieto en la silla de algún bar, de algún pueblo innato vestido de piel carne sin encontrar un porque nefasto.
Mi vida siempre transcurrió sobre supuestos nunca expresos, realidades nunca vividas y un sin fin de frustraciones basadas en trabajos no resueltos, desamores, fantasías y experiencias delimitadas entre lo que soy y lo que todo el mundo quiere que sea. Todo sucede como en un viejo furgón del viejo Sarmiento, el que me acompaña cada paso que doy, donde encierro cada uno de los sentimientos que atraviesan mi día a día.
Hoy me tocó a mí.
El juego, el peor de mis miedos me tomo de la mano, me enseño lo peor de mi pero no como sacarlo sino que lo refriega a cada segundo como lo hace con esa chica morocha que conocí alguna vez, una noche fría que desnudaba aquello que hasta ese momento creí ser.
Recorrí muchos caminos intentando buscar la respuesta del porqué tuvo que sucederle eso. Me contó historias que solo dos personas usufructuadas por el destino incierto podrían comprender, y en ellas basar las pocas esperanzas que quedaban. Yo solía pagar el servicio cada semana, siendo una especie de religión, con el fin de interpretar y conocer eso que nadie sabia porque nos unía. Había una hora y un día estipulado que nos regalaba el mundo para sabernos limpios, casi como dos personas “normales”, era una empatia mutua las que sentíamos en ese cuarto felpudo que visitábamos semanalmente.
Nunca nos dimos el tiempo para conocernos íntimamente, pues teníamos la certeza de que nuestras vidas no habían sido unidas de forma natural. Llegué a ella en busca del cuerpo de una mujer, alguien a quien alquilarle por unos billetes su sexo, descargar tensiones de varias semanas agitadas, en definitiva, ¡ nunca creí que seria tan complicado encontrar un poco de placer con una señorita de veintidós años!, pero fue justo ahí donde comprendí que el mayor placer no venia por manos de treinta minutos de sexo.
Mas bien era como una doble sesión…
Nos encontrábamos en la plaza frente a la estación, concurríamos siempre al mismo bar, tomábamos un té frío, nos mirábamos un rato y sin mencionar palabra alguna nos dirigíamos a ese hotel que quedaba a unas pocas cuadras. Comenzaba el ritual, pagaba la habitación que felizmente teníamos reservada, el conserje prácticamente era una especie de amigo encubierto, casi ese amigo confidente (y no sé porque no me quieren, ja!), que “muchas” suelen llamar a mitad de la tarde, noche, o cuando lo crean conveniente, pero en fin.
Una vez entrados, esa luz roja nos convidaba algo de calor, eso que tantos habrán pensado que necesitábamos y que creían, era el porque de estar ahí, pero no, ella se disponía siempre a ponerse cómoda antes de poder desnudarse, suavemente quitaba su saco jugando a ser una porno-star y se dirigía hacia aquel equipo de música, al estar ahí, el tema musical con el cual ambientaría esa hora y media era “I´m a loser” de The Beatles, ya prácticamente se había transformado en nuestro himno.
Los hechos sucedían siempre de la misma manera, al terminar la música la frase que rompía el silencia era ¿ahora que pongo?. Siguiendo en esa histérica regla del silencio, no hacia falta mas que señalarnos un nuevo disco, cualquiera era el perfecto con tal de no dejar el ambiente muerto y con una bruma espesa sobre los cielos. Nos acomodábamos suavemente sobre el sillón perpetuado bajo ese espejo de la tentación, mutando a otras dimensiones, y dejando escapar un simple titubeo le preguntaba sobre su día, sobre la facultad, sobre el trabajo, sobre su vida. Era tan perfecto ese cuadro que pintaban sus ojos cuando se relajaba y respondía, era inmensa la paz que irradiaban sus palabras, su postura, su risa…
Tan cerca de ser feliz me sentía cada vez que nos veíamos, era como acostarse un día en una plaza de Cautelar, y automáticamente despertar en medio de una niebla londinense, en la puerta del mítico “The Cavern Club”.

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