jueves, 10 de septiembre de 2009

Cuento de un Ludópata...


Desde que se legalizaron los casinos y Bingos en toda la Provincia de Buenos Aires, han proliferado en todas las grandes ciudades, llenos de sus luces y promesas de fortuna. Pero ahí termina la similitud con el mundo de glamour que nos vende el cine, al mejor estilo de Las Vegas: en mi ciudad, como en todo el país, son lugares elegantes donde durante el día pero específicamente en las madrugadas vagan sombras de personas más que personas en sí: hombres y mujeres que buscan algo que no encuentran en sus vidas, jugando lo poco, mucho o nada que poseen. Espectros de vivos más que otra cosa son, y yo, por un tiempo era uno de ellos.

Estos sombríos y tristes ambientes eran, al menos para mí, el último lugar en el mundo en que pensé toparme con seres del Más Allá, pero eso fue a final de cuentas, lo que precisamente sucedió….

Era una época oscura de mi vida. Solitario y deprimido, mi trabajo y los buenos negocios que lograba día a día, no llenaban mi existencia. Luego de alegrarme –incluso saltando, alzando los brazos y dándome buenas vibraciones a mi mismo-, al final de un día en el que mi billetera estaba a punto de reventar de dinero, terminaba dándome cuenta que no me servía de nada, cuando al caer la noche me encontraba solo, sin alguien a mi lado con quién disfrutarlo, compartirlo. Aunque sea un afecto sincero siquiera. Solo una vez más.

Aquella noche no tenía ganas de regresar a mi casa; en realidad no tenía ganas de nada. Después de pasar gran parte de la noche en un bar, bebiendo solitariamente, ingresé al Bingo, mas precisamente en el de la ciudad vecina. Me había vuelto ludópata –y no tengo vergüenza en admitir que aún lucho contra ese vicio-, y a pesar de que no llegué como otros a perder todo en el juego, ocasionaba un significativo hueco en mi economía.

El bingo en cuestión -uno de los más importantes por estas épocas en la zona-, ocupaba, como es habitual en estos tiempos, los ambientes de un antiguo banco, quebrado durante la crisis económica de los ochenta. Era el ambiente excelente para ser casino: amplio, techos altos y una caja fuerte heredada de su pasado uso; no era el primer lugar en la ciudad que, siguiendo un destino, un karma, recibía como en otros tiempos, dinero a carretadas, aunque ahora de otra forma.

Se había hecho ya de madrugada. El lugar estaba casi desierto, salvo por los eternos trasnochadores de siempre, ya totalmente absorbidos por el vicio. Algunos ricos, algunos pobres, pero todos imposibilitados ya de controlar su adicción. Apoyadas en la barra del bar, cabeceaban las camareras, jóvenes que, luciendo diminutas minifaldas, prácticamente vivían ahí, esclavizadas a su belleza, recibiendo un sueldo mediocre a cambio de una sonrisa y una amable atención. Era un ambiente tremendamente triste. Era excelente, por que así se sentía mi propio corazón.

Tras avanzar por en medio de las máquinas tragamonedas, tambaleándome bajo los efectos del alcohol y esa tremenda ansiedad por jugar, una atenta y despierta camarera –seguro era su primer día- , me invitó a entrar al sector V.I.P, mientras ponía en mis manos un vaso de whisky – nunca pudo haber percibido que era mi bebida favorita- invitación de la casa dijo, estrenaban una mesa de ruleta electrónica esa noche. Como no jugaba a ese juego hacía mucho, fui a la caja a que me den una tarjeta electrónica para jugar y me dirigí despacio detrás de las escaleras.

Sólo habían cuatro personas, sentadas en la mesa de la ruleta: un rustico hombre de camisa, gordo y siempre sonriente, un joven barbudo y descuidado en su vestimenta, una señora de unos cuarenta años, elegante y bien arreglada y una señora de unos 60 años, con apariencia de una abuelita buenuda.

Había dos asientos libres, así que me senté tras dedicarles una buena suerte a los cuatro. Todos asintieron con la cabeza y comencé a jugar. Conforme avanzaba la noche, comenzaron a conversarme, haciéndome sentir parte del grupo: Don Porfirio era el nombre del hombre rustico, siempre sonriente a pesar de los desaciertos en su jugada. Su tez morena y sus gestos campechanos evidenciaban que era un agricultor algo adinerado, pero venido a menos. César, en cambio, el joven de peinado descuidado y barba de tres días era uno de esos tipos desesperados y sin fortuna que esperan el día en que le llegue la suerte (el cual al día de hoy me refleja). Susy, la mujer elegante, era la esposa de un empresario que jamás estaba en casa y que mataba las noches de soledad gastando su dinero, esperando alguna fugaz aventura. Doña Lupita era una viuda sin hijos, que entró una vez al casino y no salió ya más.

“¿No venís mucho por acá, no?”-, me preguntó directo Susy, sentada al lado mió, con una voz muy melosa y haciéndome notar su espectacular delantera enfundada en su ajustado suéter. “¿por qué tan solito?”. Se notaba que había puesto su mira en mí. A pesar de sus años era una mujer muy atractiva. “Por que sí….” -, fue mi respuesta. No deseaba que nadie me preguntase acerca de mi vida.

“Ten cuidado, muchachito”-, me dijo en tono de confianza Don Porfirio, pícaramente, codeándome-, “que si Susy te agarra, ya no te suelta”. Casi de inmediato soltó una tremenda carcajada que hizo retumbar el lugar. “¡Cállate viejo pajero, seguro que el no usa viagra!” -, le respondió Susý junto con un pellizcón, ocasionando que todos se rieran también. “¿Por qué tan seriecito, corazón?” -, volvió a la carga Susy. “….Cómo no voy a estar serio, si estoy perdiendo”- le dije. Mostrando su mejor sonrisa, volvió a la carga: “si es por dinero, no te preocupes; yo te presto”- dijo para luego girar el cuerpo y alzar la mano-,” señorita, dos escoceses en las rocas, por favor”. Mire medio desconcertado pero en fin, no opuse resistencia.

Mientras la camarera nos traía las bebidas, el resto siguió la charla. Don Porfirio llevaba la voz cantante, como siempre: “¡bah!, ¿y qué?, yo voy perdiendo 350 pesos y no me quejo….”. Yo ya voy 600” -, agregó César, cogiéndose la cabeza de desesperación para luego dar una trompada a la máquina-, ¡Esto es una mierda, esta porquería está arreglada!”.

“Cuidado Il Cezare, que te van a echar como un perro sucio” – intervino Doña Lupita con tranquilidad, soltando un suspiro-, “yo voy 180 perdidos, pero que más da, ¿de qué me sirven si estoy sola…?”. Aquella gente era de cuidado: me estaban desplumando pero casi ni se inmutaban de las pérdidas que tenían. Alcé la vista y me encontré con los ojos azules de Susy, convidándome un vaso; “¿y a quién le importa?, ¡ES SOLO PLATA!”-, me dijo como si leyese mi pensamiento.

De repente, Doña Lupita soltó un profundo suspiro y dijo: “….si al menos viese a Patty otra vez”-, lo dijo como si fuese la tal Patty la persona más importante en su mundo. “…¡ya van a empezar con sus ...historias!”-, exclamó molesto Il Cézare, apurando de golpe su cuba libre. “Por que no crees en ella, ella no se te aparece….” -, le respondió la mujer con tranquilidad. Habían causado en mi cierta curiosidad y no me pude resistir a preguntar: “¿y quién es esa Patty?”. Todos se miraron a los ojos, como preguntándose si debían revelármelo. A los pocos segundos Don Porfirio respondió con un guiño: “es un fantasma”.

“¿Un fantasma, y cómo es eso?”-, interrogué ansioso. Todos quedaron en silencio y dejaron que Doña Lupita comenzara el relato. Lo hacía con respeto, levantando la vista, como si le hablase a alguien más: “cuando abrió este bingo, entró a trabajar una chica; tenía menos de 18 años así que mintió para conseguir el trabajo. Era muy hermosa, tenía una carita de ángel” - suspiró de nuevo y prosiguió –, “era taaaan buena…!”.

“Preciosa realmente” -agregó Susy-, “mucho más que yo a su edad”. Doña Lupita la interrumpió, haciendo énfasis en lo que quería resaltar. “No sólo era su físico: era su alma. Siempre aconsejaba, te daba ánimos. Escuchaba tus problemas. Todos la querían y la respetaban. Si algún viejo verde la molestaba, no intervenía la Seguridad del bingo: todos los clientes nos parábamos y sacábamos al desubicado. Ella estaba sola en el mundo y nosotros éramos como una gran familia y ella era como nuestra hija”.

“Era la hembra más linda que hayas conocido” -, exclamó Il Cézare, interviniendo en el relato. “ !Cállate imbécil; respeta a los difuntos!!” -, le tiró de golpe Susy. Il Cézare le soltó un gesto con la mano y siguió jugando. “…Una noche, Patty se despidió y salió apurada….” –retomó el relato Doña Lupita, ahora más seria y triste-, “nunca se supo adónde se iba ó con quién. Tomó un taxi cualquiera, no de los de la empresa que hacen habitualmente viajes para los empleados del bingo”.

De pronto, la ancianita comenzó a lagrimear. Todos bajaron la mirada, muy serios. “Apareció a la mañana siguiente…la habían matado. Unos malditos la habían violado y la tiraron degollada en un descampado, como si fuese un animal, ¡¡¡ mal nacidos, ojalá se mueran todos… !!!”-, terminó la pobre mujer.

“Desde entonces, se aparece acá en el bingo; aparece y te ayuda cuando tenes problemas”-, sentenció Don Porfirio. “yo nunca la he visto” -, intervino Susy. “Es que vos tenes plata, mí amor: sólo ayuda a quién de verdad lo necesita- , agregó la anciana-, “¿sabes?, una vez hice una tontería: aposté toda mi pensión a las tragamonedas. Tenía deudas y no me quedaba más que 5 pesos, ni para comprarle un atado de cigarrillos a mi nieto, ya que hoy cuestan unos cinco y pico. Me puse a pensar en ella. No la ví, pero sentí que estaba ahí conmigo: jugué de nuevo y la máquina me dio ¡tres veces seguidas el jackpot, el premio máximo!”.

“Una jugada en un millón….” -, volvió hablar Il Cézare. “Si, es cierto –dijo la Doña-, “y yo por ambiciosa, quise seguir jugando, ¡y la máquina se apagó de repente por completo!; ¡algo extrañísimo, ni los técnicos del bingo sabían por qué!; en fin, entendí que Patty me decía que agarre hasta la ultima moneda y me vaya,…. Pasé una hermosa navidad ese año”.

“Yo sí la ví una vez…”-, comenzó a decir Don Porfirio-, “no la conocía hasta ese momento. Tenía deudas y el banco me dio un préstamo, ¡pero en vez de irme a mi casa me metí acá y lo jugué todo,….eran 10,000 pesos! (como US$ 3,000); me quedé toda la noche. A la una de la madrugada, me quedaban apenas 100 pesos. ¡Pensaba en pegarme un tiro cuando llegue a casa… lo había perdido todo!. Entonces se apareció detrás mió. Me ofreció un cigarro y con esa sonrisita tan linda que tenía, me dijo: 14 - 33 y 8, y luego se retiró. No conocía su historia, así que lo tomé como una posibilidad. ¿Y sabes qué?, ¡jugué esos números, los repetí cuatro veces en la ruleta y gané 14,000 pesos!, ¡JAJAJAJA!”

“Cuando cobré, me iba a ir, le pregunté a una de las chicas: “te hago una consulta, ¿cómo se llama esa chiquita de pelo negro lacio, con uniforme naranja y blanco?, ¡se gano un premio!”, pero la chica me respondió muy seria que no había ninguna chica trabajando con esas características, y además, el uniforme naranja con blanco lo usaban dos años atrás, no como ahora que es negro y dorado”- , explicó apuntándome a la muchacha que nos traía cigarrillos. “Después me contaron que era una almita”.

“Bueno, fue interesante la historia, pero ya me debo ir; me “pelaron”-, les dije parándome. “Nooo; quedáte. Que yo sepa, la noche aún es joven”-, me dijo Susy. “Me gustaría, pero tengo que trabajar mañana-, traté de explicarle. Al mismo tiempo, las bebidas habían hecho su efecto y necesitaba ir a los servicios higiénicos, mi vejiga esta apunto de estallar. Ví de pronto un empleado de limpieza que entraba rápidamente a un cuarto al lado de la mesa y salía igualmente de rápido-, “¿ese es el baño?”. Todos se quedaron mudos de pronto. “mejor andá al de la sala de tragamonedas”-, me sugirió Don Porfirio. “¿Pero por qué si éste está más cerca?”-, insistí. “….Por que Patty no es el único fantasma que hay acá...”, - , me respondió Doña Lupita, mostrándome el temor en sus ojos.

“¿Me dejan contarle ésta?” -, exclamó de pronto muy emocionado Il Cézare. Todos asintieron-, “¡bien!; esta te va a gustar. ¿te acordas que éste lugar era antes un banco?”. Si si, respondí con la cabeza: “ mi hermano mayor trabajó acá…”. Se notaba que Il Cézare se regodeaba contando la historia, a pesar de estar ya totalmente ebrio. “¡Pues bien!, hace unos 10 años hubo un desfalco, ¿te imaginas?, ¡millones de dólares se hicieron humo!,…¡eso sí es plata de verdad!. Como te iba diciendo, acusaron al sub-gerente general, pero muchos dicen que el responsable era el gerente general, que era un tipo emparentado con los dueños del banco. En resumen, cuando apareció el escándalo en los diarios y medios de distribución nacional, el tipo vió desde su oficina llegar a la policía para detenerlo. Se paró, se fue al baño de empleados y se ahorcó. Pero, ¿sabes qué?, yo creo que lo “silenciaron” para que diga no nada como se acostumbra a hacer en este país, ¿entendes?”.

“Es un alma atormentada” -agregó Don Porfirio-, “¿viste a ese tipo que salió como tan rápido como entro?, nadie entra ahí y si lo hace, no se queda mucho tiempo”. Mirando la puerta cerrada, le respondí: “yo tampoco me quedaré mucho. Además, si busca venganza, no creo que tenga nada contra mí”. Me miró como un padre mira a su hijo. “¿No escuchaste?, ese tipo fue asesinado, no es una buena alma. Yo que vos no iría”. Pensando en aquel momento más en mis necesidades fisiológicas, finalmente me decidí: “ya vuelvo”-, les dije. La única que me contestó fue Susy: “te espero acá, corazón”.

Al cerrar la puerta, detrás mío no percibí nada dentro del baño. Estaba limpio y olía a perfume de jazmines y del exterior no se escuchaba nada más que los sonidos propios del bingo. Hice lo que tenía que hacer y ya preparado para salir, me encontraba en la pileta lavándome las manos. Pensaba si en hacerle o no caso a Susy, mientras me miraba al espejo. Igualmente, pensaba en que aquel baño no revestía nada que diera temor. En eso pensaba cuando sentí el primer golpe.

Mi cara golpeó duramente contra el espejo, pero no lo llegó a romper. Me tenían firmemente agarrado del cuello, apretando mi cara contra el cristal, impidiéndome ver al agresor. Tenía manos extraordinariamente fuertes y la que me agarraba la cara como si fuese una tenaza. Casi al instante sentí la descarga: tres fuertes trompadas con el puño cerrado de mi cobarde oponente golpearon en mi costado derecho, justo en el hígado, sacándome de golpe, valga la redundancia del asunto, todo el aire. Mis brazos cayeron a ambos lados como si de un muñeco de trapo fuesen. Estaba indefenso e incapaz de defenderme. Cuando apenas estaba reponiéndome, sentí ambas manos alrededor de mi cuello. Me estaba ahorcando. El maldito que me atacaba rodeó con sus dedos mi cuello, asfixiándome. Sin poder pedir ayuda, tratando de respirar, comencé a agitar las manos como loco, tratando de agarrar algo para responder al ataque. Mi cara seguía pegada al espejo. Quería gritar y no podía, mientras sentía esos horrorosos dedos comprimiendo, tratando demencialmente que deje de respirar para siempre. Apenas pude abrir el grifo del agua en mi vano intento de buscar algún tipo de arma.

Cada segundo que pasaba trataba en vano de decir “ayuda,… ayudaaa…” y lo único que salía de mi garganta eran chillidos y sonidos vacíos. Afuera nadie me escuchaba y sólo podía oír la mecánica voz femenina de la ruleta electrónica diciendo: “…HAGAN…SUS APUESTAS, SEÑORES….NEGRO EL 26…”. Cuando casi me daba por vencido, me sentí de pronto alzado en el aire: el muy maldito era más alto y más fuerte que yo y sosteniéndome con ambas manos por el cuello, me levantó del suelo. Sentí con terror cómo mis pies se despegaban del suelo. Desesperadamente con las puntas de mis pies trataba de apoyarme en el piso.

No sé si fueron minutos o segundos los transcurridos. Pero conforme sentía la terrible falta de aire, las venas de mi cabeza a punto de estallar y como que mis ojos se salieran de sus órbitas, el sujeto que intentaba asesinarme separó mi cara del espejo, y así pude ver finalmente la cara de mi agresor: no tenía cara….

¡NO HABÍA NADIE AHÍ!,…. Vi con horror cómo yo flotaba en el aire, a escasos centímetros del suelo, ese ser invisible, me ahorcaba salvajemente, pero sólo podía ver la forma que sus también invisibles dedos marcaban alrededor de mi cuello. Ahí sentí lo que me parece, hasta hoy, lo que se debe sentir al morir: una sensación de extraño vacío, una sensación de abandono, un embotamiento de las ideas…. No sé bien cómo describirlo.

Cuando casi ya aceptaba mi destino, aquella entidad me agitó en el aire como un muñeco unas cuantas veces, para luego dejarme caer pesadamente al suelo. Sentir de nuevo el aire entrando en mis pulmones es una sensación que no voy a olvidarme jamás. Tardé un buen rato en incorporarme, si no hubiese ido al baño minutos antes, tengan por seguro que me hubiese hecho encima. Transpiraba a mares y mi pulso estaba apenas componiéndose cuando mirando mi deplorable estado en el espejo, y sorprendiéndome por las rojas marcas de dedos en mi cuello. A través del espejo pude ver detrás mió cómo la puerta de metal de uno de los inodoros se abría y cerraba a una velocidad estrepitosa, casi desprendiéndose de las trabas. No lo pensé dos veces, ese ser quería que me largue del baño y eso hice.

Salí como una tromba del baño. No pensé en nadie ni en nada, sólo quería salir cuanto antes de ese lugar. Al pasar por la mesa de la ruleta, todos comenzaron a reírse con fuerza, sin importarles mi estado; ¡malditas lacras!, pensé que eran mis amigos…

Al esquivar los pasillos, tambaleándome me dirigí a la salida, comencé a respirar mejor. Los demás empleados del bingo estaban tan aburridos y cansados que ni se fijaron en mí; pensarían que era simplemente otro borracho que se iba. No dejaba de temblarme, instintivamente gire hacia atrás para ver si “eso” me seguía, ahí fue cuando la ví: estaba parada atrás de dos señoras que jugaban en una tragamonedas. Era delgada, de pelo lacio oscuro, su cuerpo delgado enfundado en una blusa blanca y una minifalda naranja. Llevaba en la mano una bandeja con atados de cigarrillos. Nadie la miraba excepto yo. Me miró fijamente, con una mirada que mostraba una infinita pena. En silencio, comenzó a menear su cabeza para ambos lados; entendí que me decía que no volviese. Eso fue lo que hice.

Los moretones en mi cuello tardaron en sanar. Jamás volví a ese bingo. Aún juego pero por nada del mundo iría de nuevo allá. Al poco tiempo de lo que me pasó, me enteré que la gerencia del bingo decidió clausurar ese salón, ignoro por qué. Sólo sé que algunas amigas mías han trabajado ahí después de ese día y todas aseguran haber visto a Patty en más de una ocasión. Con respecto a lo otro, ese baño ahora es un depósito lleno hasta el techo de cajas.

martes, 8 de septiembre de 2009

Hombre gris


El era un tipo correcto, amable, serio y algo reservado. En definitiva, casi lo que algunos mortales suelen escalafonarlo como “alguien normal”.


Tenia su vida programada. Sus días transcurrían como un programa de radio, todo estipulado en tiempo y forma. A las 7 de la mañana la alarma del celular le desgarraba de sus sueños como cual yacaré desgarra a su presa antes de ser devorada. Abrir los ojos, bostezar como quejándose de la vida e inclinarse hasta llegar a una posición de 90º eran las primeras tres cosas que el día a día le planteaban.

El mismo pasillo frió y vacío que lo depositaba en el baño mientras que recorría cada parte de su anatomía eran como las calles de noche, tranquilo, algo tristes tenidos con ese color ocre resonante. Después de una rápida y descontracturante ducha caliente se dirigía a la cocina, allí lo estarían esperando esa pava vieja con el mango de madera quemado encima de la cocina. Por arriba de la mesa, como felizmente acomodada la bandeja con las cosas del café como solía hacer todas las noches antes de irse a dormir. Prender la radio, informarse sobre el tiempo, el transito o simplemente hacer correr las agujas del reloj mientras bate que bate en la taza el desayuno hasta que ese diminuto chillido de la pava le avise que el agua esta a punto. Cosas que solía hacer.

Chocolate...

–¿Crees que serán de chocolate?

–¿Qué? ¿Quienes?

–Los negros

Eso sonaba fascinante. Dejé de patear el balón contra la pared y saqué el regaliz de palo, el de pensar. Sí, sonaba fascinante, pero nunca habíamos visto un negro de verdad quitando el rey Baltasar, y probablemente –y al pensar esto se me vino el mundo abajo– nunca llegáramos a ver uno, y en caso de verlo, ¿dejaría que unos críos como nosotros le chuparan? Y por otra parte ¿a qué venía esta pregunta de Sergio?

–¿A qué viene eso?

–¿Qué dices?

Me saqué el regaliz de la boca e insistí.

–Digo que a qué viene eso, lo de los negros de chocolate.

–Ah, es porque hay un niño nuevo en el cole. Y es negro como el chocolate. ¿No lo sabías?

–La primera noticia que tengo.

Pasamos la mañana haciendo conjeturas respecto a la materia de que estaban hechos los negros, pero no llegamos a resolución alguna. Nadie sabía nada al respecto. Ni siquiera Eduardo Blasco que llevaba gafas y se sentaba en primera fila y sabía más que ningún otro de la clase de casi todas las cosas, pero no sabía jugar al fútbol ni a las chivas. Decidí consultar al hombre más sabio del mundo. Mi abuelo.

YoAbuelo, ¿los negros son de chocolate?
Abuelo(Ríe) Por dios hijo, qué preguntas más tontas haces.
Respuesta que no resolvía la cuestión planteada. Al día siguiente, nadie había averiguado nada sobre el tema. Ni siquiera Eduardo Blasco, que había consultado una enciclopedia. «En la entrada de chocolate –explicó– no menciona para nada a los negros. Y en negro dice algo de la raza melánida, pero no sé si eso es un sabor».

Así que resolvimos hacernos amigos del niño negro y le invitamos a jugar al fútbol con nosotros. Y, sorpresa, en el partido del recreo, con dos equipos de dieciocho jugadores, el negro –que desde entonces fue llamado por todos Aaron y no «Eh, tú, negro»– marcó cuatro goles, convirtiéndose así en un niño respetado por todos. Excepto por Eduardo Blasco, que no sentía ningún interés por el fútbol.

Tras unos días de sano compañerismo, gratos partidos de recreo y vanas indagaciones, decidimos preguntarle. Y Aaron, que venía de Vallecas y no del África, contestó:

–Jo, tronco, es que sois gilipollas los de este pueblo.

Sergio se sintió herido en su orgullo maño, y se enfadó muchísimo.

–Te voy a matar –dijo, y se fue a por él. Aaron se echó a correr y todos detrás suyo. Muchos se quedaron atrás pero Sergio y yo le dimos alcance tras perseguirlo tres o cuatro manzanas. Yo lo sujeté por detrás.

–Ahora deberíamos morderle –propuse

–A ello voy –y mordió. Aaron comenzó a chillar y a patalear intentando soltarse. Esfuerzos inútiles, puesto que yo, sin ser bueno al fútbol ni a las canicas, era el más alto, velludo y fuerte de mi curso. Sergio en cambio, sí soltó su presa.

–Ostras tú, que es un niño de verdad.

–Pues claro, imbécil –se quejó el negro.

Lo solté y se fue corriendo. No lo seguimos. Desilusionados, entramos en una tienda de chucherías y compramos duros de chocolate. Caminamos hasta el descampado donde más tarde construirían la piscina municipal, y allí nos sentamos a reflexionar sobre nuestro error, porque el profe había dicho que si reflexionábamos sobre nuestros errores aprenderíamos de ellos. Y recapacita que recapacita y vuelve a recapacitar, concluimos que:

a) nos habíamos equivocado de cabo a rabo y

b) si los negros fueran de chocolate, se derretirían.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Lindo dia...


Ah, que magnifico día! –Pensé-
Últimamente no iba del todo bien para mi, pero este día me sentía muy bien, capaz de todo, sonriente, optimista… Este iba ser mi mejor día en mucho tiempo.
Acababa de dejar el subte sobre la calle Lima, y al salir a la calle respire profundamente, como si estuviera en el campo, pero ni todo el smog y los malos olores mermaron mi optimismo. Me dirigí hacia el lugar de trabajo, ya estaba a unos cuantos pasos, exactamente en aquel cruce de la avenida mas grande del mundo con otra algo menos conocida pero que me llegaba por mis recuerdos de adelocente cuando practicaba Rugby, cuando de pronto algo me llamó la atención: a unos pocos metros, una espectacular figura femenina se movía con una pequeña de la mano, no lo pensé dos veces y entonces aceleré el paso para poder ver mejor, pero cuando mi imaginación empezaba a volar, un movimiento brusco rompió el encanto, vi que la dama volteo a ver a la niña, dirigiéndole algunas palabras que no alcance a distinguir y entonces la niña, inesperadamente, giró y soltó la mano de la dama corriendo directamente al centro de la avenida. A menos de dos metros, ni siquiera lo pensé, me vi corriendo hacia la niña a toda velocidad, no dudé ni por un instante en alcanzarla y ponerla a salvo… Lamentablemente a pesar de todo mi optimismo y de la sensación de plenitud, mis piernas y reflejos no respondieron tan bien como mi mente, efectivamente la alcancé rápidamente, pero no me pude detener y girar tan rápido como requería la situación, pues aun cuando aquel auto frenó desesperadamente, era inevitable el golpe, alcancé a dar un paso hacia la acera y cuando percibí que no lo lograría, miré el rostro de angustia de la madre, estirando sus brazos al máximo, pero parecía tan lejos…
Le sonreí por un instante, al momento de lanzarle la niña con todas mis fuerzas, alcancé a ver como abrazaba llorando a la niña y como giro su rostro hacia mi, pero jamás llegué a verlo…
Un chillido de llantas seguido de un fuerte golpe, seco, llamó la atención de mucha gente, algunos incluso vieron volar un cuerpo algunos metros, chocar contra un auto y caer al suelo. En pocos segundos, mucha gente se encontraba alrededor, muchos preguntando que había sucedido.
Una voz se escuchó con claridad –se lo tenía merecido, se quiso robar a la niña-
- Si, yo vi como se la arrebató a su madre- terció otro
Pronto un gran murmullo creció tornándose casi en tumulto: varios escupieron el cuerpo, muchos lo maldijeron y casi todos aprobaron lo sucedido, incluso uno lanzó una patada a aquel cadáver.
- No vale la pena, ya pago su crimen- se dejó oír una voz, y poco a poco se calmaron los ánimos, la mayoría dio la espalda alejándose de el lugar comentando sus impresiones de lo acontecido. Algunos mas acudieron a dar apoyo a la dama y a la niña – no se preocupe ya viene la ayuda- dijo alguno, al tiempo que se escuchaban las cada vez mas cercanas sirenas de ambulancias y patrullas…