lunes, 6 de julio de 2009

¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?


¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?

Que uno sólo tiene que buscarlo y dárselo.
Que nadie establece normas, salvo la vida.
Que la vida sin ciertas normas pierde forma.
Que la forma no se pierde con abrirnos.
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente.
Que no está prohibido amar.
Que también se puede odiar.

Cómo hacerte saber
que nadie establece normas, salvo la vida.

Que el odio y el amor son afectos.
Que la agresión porque sí, hiere mucho.
Que las heridas se cierran.
Que las puertas no deben cerrarse.
Que la mayor puerta es el afecto.
Que los afectos nos definen.
Que definirse no es remar contra la corriente.

Que no cuanto más fuerte se hace el trazo, más se dibuja.
Que buscar un equilibrio no implica ser tibio.
Que negar palabras implica abrir distancias.
Que encontrarse es muy hermoso.
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida.
Que la vida parte del sexo.
Que el por qué de los niños tiene un por qué.

Que querer saber de alguien no es sólo curiosidad.
Que querer saber todo de todos es curiosidad malsana.
Que nunca está de más agradecer.
Que la autodeterminación no es hacer las cosas solo.
Que nadie quiere estar solo.
Que para no estar solo hay que dar.
Que para dar debimos recibir antes.

Que para que nos den, también hay que saber cómo pedir.
Que saber pedir no es regalarse.
Que regalarse es, en definitiva, no quererse.
Que para que nos quieran debemos mostrar quienes somos.
Que para que alguien sea, hay que ayudarlo.
Que ayudar es poder alentar y apoyar.
Que adular no es ayudar.

Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara.
Que las cosas cara a cara son honestas.
Que nadie es honesto porque no roba.
Que el que roba no es ladrón por placer.
Que cuando no hay placer en hacer las cosas, no se está viviendo.
Que para sentir la vida no hay que olvidarse que existe la muerte.
Que se puede estar muerto en vida.

Que se siente con el cuerpo y la mente.
Que con los oídos se escucha.
Que cuesta ser sensibles y no herirse.
Que herirse no es desangrarse.
Que para no ser heridos, levantamos muros.
Que quien siembra muros no recoge nada.
Que casi todos somos albañiles de muros.

Que sería mucho mejor construir puentes.
Que sobre ellos se va a la otra orilla, y también se vuelve.
Que volver no implica retroceder.
Que retroceder puede ser también avanzar.
Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol.

Cómo hacerte saber
que nadie establece normas, salvo la vida.

Mariposas en el estómago...


- Doctor, ¿ya han llegado los análisis?¿Sabe? Los síntomas van a más. No puedo dormir y me encuentro muy nervioso. Se me ha empezado a caer el pelo, bueno, más que de costumbre, quiero decir, y ando todo el día con mariposas en el estómago.
A veces no me dejan ni comer, ¿sabe? y acabo vomitando lo poco que como.

Duermo mal. Muy mal, ¿ya se lo he dicho? Si claro… perdone. Pero hable, hable usted, que no le dejo decir nada.

- Lo siento Pablo, me temo que no son buenas noticias. Tiene usted cáncer y no lo hemos cogido a tiempo. Le quedan entre 5 y 6 meses de vida. Lo siento mucho, de verdad.

- ¿Cáncer? - Dios mío - Gracias doctor. Muchas gracias. Es es la mejor noticia que me ha podido dar.
Gracias.

- ¿Gracias? Perdone Pablo, quizá no se ha dado cuenta de lo que le acabo de decir. Este cáncer no tiene cura.

- Si, si - gracias - . De verdad. Realmente me tenían preocupado todos estos síntomas. Verá, hace cosa de 1 mes conocí a una chica. Una preciosidad y realmente simpática, no sólo una cara bonita, no se vaya a pensar.Pues bien, fue entonces cuando empezó todo. Nervios, sudores… No me la quitaba de la cabeza y apenas pegaba ojo por las noches.
La cosa se agravaba si la veía. Madre mía, entonces si que aquello era el acabose. Temblores, sudor frío, nauseas y millones de mariposas bailando claqué en mi estómago.

Por eso, el cáncer es lo mejor que me ha podido pasar. Creía que estaba enfermo de amor, y que si me acercaba acabaría muriendo y entonces, ¿cómo pedirle que saliera conmigo?

Ahora tengo 6 meses. 6 meses para conquistarla y vencer mis miedos, porque sé que no es su contacto lo que me va a llevar a la tumba.

Gracias doctor.

La purita tristeza del no saber por qué


“La purita tristeza del no saber por qué”, es la mejor definición que he oído para la depresión.

La purita tristeza del no saber por qué, es lo que me lleva todos los días a levantarme a las 5 de la mañana para ir al trabajo.

La purita tristeza del no saber por qué, me guía a la rutina de los bares todos los viernes por la tarde con los compañeros de la vida.

La purita tristeza del no saber por qué, me lanza a los brazos de esa mujer, a escribir estas líneas.

La purita tristeza del no saber por qué, me empuja a leer historias de amor, novelas de reyes, leyendas de ciencia ficción. Me lleva a viajar más allá de las puertas de Avalon, a atravesar los rayos gamma y las puertas de Ro-noh.

Imagino que, la purita tristeza del no saber por qué, fue la que me hizo a agarrar a mi compañera de oficina del cuello cuando le vi esa mala actitud y falta de compromiso y la vi morir de miedo ante mi.

Imagino que, la purita tristeza del no saber por qué, me hace escribir esta improbable confesión de un improbable asesinato que, probablemente sólo ocurrió en mi deprimida imaginación.

sábado, 4 de julio de 2009

Histeria...


La histeria es una afección psicológica que pertenece al grupo de las neurosis y que padece el uno por ciento de la población mundial. Se encuadra dentro de los trastornos de somatización y se manifiesta en el paciente en forma de una angustia al suponer que padece diversos problemas físicos o psíquicos. En tanto que neurosis, no se acompaña nunca de una ruptura con la realidad (como en el delirio) ni de una desorganización de la personalidad. Técnicamente, se denomina conversión histérica.

El cerebro histérico no está enfermo, pero ciertas regiones son, manifiestamente, sede de una actividad anormal, y determinados circuitos parecen encontrarse transitoriamente bloqueados por una especie de parálisis funcional.

Los síntomas histéricos, de naturaleza física o psíquica, se manifiestan con un aspecto paroxístico, intermitente o duradero; frecuentemente, son reversibles. Destacan los trastornos motores, sensitivos y sensoriales.

Los trastornos motores son convulsiones o parálisis. Tradicionalmente, la crisis empieza por un aura, conformada por dolores abdominales, palpitaciones, sensación de atragantamiento y alteraciones visuales (ceguera parcial o completa). A continuación, se experimenta una aparente pérdida del conocimiento y en una caída controlada. Luego sobreviene la fase epileptoide, compuesta de paro respiratorio, tetanización, convulsiones y, finalmente, una resolución en forma de fatiga general y respiración ruidosa. Como fase final, se producen contorsiones (movimientos desordenados y gritos) y un periodo de trance, con remedo de escenas eróticas o violentas. El final de la crisis implica el retorno de la consciencia, acompañado de contracciones leves y expresión de palabras o frases inconexas relativas a temas pasionales.

Dos son los elementos indispensables para el diagnóstico de un síntoma histérico: primero, estos déficits de tono neurológico acontecen sin ninguna patología orgánica en el sistema nervioso, central o periférico, y segundo, acontecen en relación con situaciones de estrés o de conflicto psíquico. Todos los exámenes que se efectúan dan resultados normales, lo que no siempre tranquiliza a los pacientes, cuya ansiedad a menudo se agudiza, y resulta frustrante para los médicos, que se sienten impotentes o burlados por dolencias imaginarias. Estos trastornos no son simulados intencionadamente por el paciente, que se muestra seguro de su experiencia subjetiva de hallarse paralizado, ciego o amnésico.

jueves, 2 de julio de 2009

Tenia 22 años...


Siento que las cosas se me pasan por las manos, como un jarrito de café caliente que lo único que debo hacer es tomarlo por el borde y sorber su contenido de a poco. Un pucho prendido que se consume a cada exhalo...
Me siento tan vacío.
El reloj te corre a cada centímetro, te marca cada una de las prioridades que desconozco y así va, desarmando cada rincón de este espacio abarcativo que no logro comprender, y me encierra como cual laberinto supe ver creyendo que nunca me iba a tocar.
Y acá estoy, perdido en la nada, sentado quieto en la silla de algún bar, de algún pueblo innato vestido de piel carne sin encontrar un porque nefasto.
Mi vida siempre transcurrió sobre supuestos nunca expresos, realidades nunca vividas y un sin fin de frustraciones basadas en trabajos no resueltos, desamores, fantasías y experiencias delimitadas entre lo que soy y lo que todo el mundo quiere que sea. Todo sucede como en un viejo furgón del viejo Sarmiento, el que me acompaña cada paso que doy, donde encierro cada uno de los sentimientos que atraviesan mi día a día.
Hoy me tocó a mí.
El juego, el peor de mis miedos me tomo de la mano, me enseño lo peor de mi pero no como sacarlo sino que lo refriega a cada segundo como lo hace con esa chica morocha que conocí alguna vez, una noche fría que desnudaba aquello que hasta ese momento creí ser.
Recorrí muchos caminos intentando buscar la respuesta del porqué tuvo que sucederle eso. Me contó historias que solo dos personas usufructuadas por el destino incierto podrían comprender, y en ellas basar las pocas esperanzas que quedaban. Yo solía pagar el servicio cada semana, siendo una especie de religión, con el fin de interpretar y conocer eso que nadie sabia porque nos unía. Había una hora y un día estipulado que nos regalaba el mundo para sabernos limpios, casi como dos personas “normales”, era una empatia mutua las que sentíamos en ese cuarto felpudo que visitábamos semanalmente.
Nunca nos dimos el tiempo para conocernos íntimamente, pues teníamos la certeza de que nuestras vidas no habían sido unidas de forma natural. Llegué a ella en busca del cuerpo de una mujer, alguien a quien alquilarle por unos billetes su sexo, descargar tensiones de varias semanas agitadas, en definitiva, ¡ nunca creí que seria tan complicado encontrar un poco de placer con una señorita de veintidós años!, pero fue justo ahí donde comprendí que el mayor placer no venia por manos de treinta minutos de sexo.
Mas bien era como una doble sesión…
Nos encontrábamos en la plaza frente a la estación, concurríamos siempre al mismo bar, tomábamos un té frío, nos mirábamos un rato y sin mencionar palabra alguna nos dirigíamos a ese hotel que quedaba a unas pocas cuadras. Comenzaba el ritual, pagaba la habitación que felizmente teníamos reservada, el conserje prácticamente era una especie de amigo encubierto, casi ese amigo confidente (y no sé porque no me quieren, ja!), que “muchas” suelen llamar a mitad de la tarde, noche, o cuando lo crean conveniente, pero en fin.
Una vez entrados, esa luz roja nos convidaba algo de calor, eso que tantos habrán pensado que necesitábamos y que creían, era el porque de estar ahí, pero no, ella se disponía siempre a ponerse cómoda antes de poder desnudarse, suavemente quitaba su saco jugando a ser una porno-star y se dirigía hacia aquel equipo de música, al estar ahí, el tema musical con el cual ambientaría esa hora y media era “I´m a loser” de The Beatles, ya prácticamente se había transformado en nuestro himno.
Los hechos sucedían siempre de la misma manera, al terminar la música la frase que rompía el silencia era ¿ahora que pongo?. Siguiendo en esa histérica regla del silencio, no hacia falta mas que señalarnos un nuevo disco, cualquiera era el perfecto con tal de no dejar el ambiente muerto y con una bruma espesa sobre los cielos. Nos acomodábamos suavemente sobre el sillón perpetuado bajo ese espejo de la tentación, mutando a otras dimensiones, y dejando escapar un simple titubeo le preguntaba sobre su día, sobre la facultad, sobre el trabajo, sobre su vida. Era tan perfecto ese cuadro que pintaban sus ojos cuando se relajaba y respondía, era inmensa la paz que irradiaban sus palabras, su postura, su risa…
Tan cerca de ser feliz me sentía cada vez que nos veíamos, era como acostarse un día en una plaza de Cautelar, y automáticamente despertar en medio de una niebla londinense, en la puerta del mítico “The Cavern Club”.