Levantó la persiana y abrió la ventana. Era el ritual de cada día, pero el ambiente era diferente. Era un nuevo episodio del año, la melodía de la calle lo decía.
Su calle, una de las más céntricas de la ciudad, abrazaba a una multitud de viandantes más abundante que cualquier otro día . Sí, era un periodo nuevo. La caricia del frío invierno en su cara, el olor a castañas asadas que salía de un precario casucho custodiado por una anciana en el paseo del parque que quedaba justo enfrente de su apartamento, las melodías que escupían los altavoces, y brillantes cervatillos pastando en la rotonda que encabeza su calle, junto con las demás estrellas, estelas, camellos, acebos y demás figuras que colgaban como títeres del centro de la gran vía. Todos ellos eran los invitados a un baile al que él nunca le había gustado asistir, pero al que, como cada año, no había excusa alguna para librarse de los días que proseguían a aquella mañana.
¿Por qué hacer de unas semanas un año? Cambian las costumbres, los platos en la mesa, los vestidos urbanos y las sonrisas de los paseantes que se contornean ante el desfile de escaparates apetecibles. La fotografía de la vida cambia tanto en esas fechas que incluso muchos no dudan en volver a coger una pluma estilográfica para sacarle brillo a su vena literaria y saludar al estilo antiguo a aquellas amistades que no han visto en años, pero que parece que siempre han formado parte de su día a día. Y es que, en ese año de tan sólo unas semanas, la gente camina por la calle con el pecho más ancho para que les entre en él su crecido corazón por ser una fecha señalada.
Y en el fondo del telón de todo este teatro, una pequeña niña de ojos saltones, con ropas raídas y rostro sucio, mira hacia el cielo buscando una respuesta a ese cambio repentino de la principal vía de la ciudad. Él hace lo mismo desde su ventana. Mira al cielo hace un repaso a todos los problemas que siguen ahí, sin solución visible y se pregunta, ¿será la ilusión?

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