jueves, 27 de agosto de 2009

Light My Fire...


Cercana a la avenida Monseñor Rivero, travesía de los cafecitos, se esconde una plaza recoleta. En su centro, el busto de un hombre anónimo, escultura de mal gusto, es soberano sobre los asientos desiertos, desentendidos de quien en el borde, esperando no ser atropellado, descansa sobre la orilla de la acera. Es un muchacho de rostro ensimismado, se dedica a vender discos compactos, copias ilegales cuyo catálogo ofrece música rock de los setenta. Tiene un reproductor. Escucha Light my fire de Jim Morrison. En medio del canto se oye la frase And our love become a funeral pyre, que nadie entiende. El vendedor suelta una lágrima inadvertida, mientras inevitable como la tarde ha empezado la lluvia, y los automóviles pasan a gran velocidad, salpicando barro, barro citadino sobre la cara.

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